Michelle Bonnin

Estudiante de Psicología

Bienvenidos a mi blog personal, donde escribo sobre psicología, cine y libros

Sin novedad en el frente

Algunas personas dicen que el género bélico está sobre explotado, que ya escucharon miles de veces las mismas historias tristes y que están cansados de la tragedia. Que ya no es necesario repetir una y otra vez lo mismo, que ya entendimos y aprendimos de lo sucedido, pero cuando ves la situación actual de las grandes potencias y los líderes al mando, yo me pregunto, ¿en serio ya aprendimos?

Porque la idea que se me repetía una y otra vez mientras miraba In Westen Nichts Neues era justamente esa, que estamos igual que hace diez décadas, no hemos evolucionado desde entonces, me dio la sensación de que el final de Shingeki no Kyojin se vuelve casi literal, parece que el ciclo de violencia nunca deja de repetirse e incluso de reinventarse. Y entonces me queda pensar… que tal vez la guerra y la deshumanización son parte inherente de la naturaleza y la historia de mi especie, y eso me produce una profunda tristeza, porque la guerra es inútil. Es un juego turbio donde, aunque pueda haber un supuesto vencedor, nadie gana realmente, lo único que hay son pérdidas irreparables.

Creo que Paul y sus amigos no tenían que morir para ir al cielo o al infierno, ellos ya estaban condenados al infierno desde el principio. El frente es un lugar donde la sangre se mezcla con la tierra que los soldados intentan defender, mientras el lodo les llega al cuello, ese es, para mí, el verdadero nido del infierno; guerras en las que no hay héroes ni ganadores, solo vencidos y cuerpos consumidos por el fuego de un conflicto que, para los de arriba, no es más que un juego de poder, uno del que ni siquiera son plenamente conscientes del horror que provoca.

Es devastador ver cómo Paul y sus amigos, embriagados por los discursos nacionalistas de los altos mandos, se embarcan en este camino de lodo, sangre y brutalidad creyendo que vivirán una gran aventura, siguen órdenes de líderes egocéntricos, dispuestos a mandar a morir a cientos de jóvenes por unos pocos kilómetros más del territorio enemigo, como si los soldados solo fueran carne para alimentar a este monstruo de la guerra, como si nunca hubieran sido hijos, padres o esposos de alguien.

Aun así, en medio de la carnicería, este grupo de amigos se aferra desesperadamente a la amistad y a la nostalgia de lo que fue, y de lo que podría ser si sobreviven a los escenarios más horribles que puede experimentar un ser humano, eso parece ser lo único que les queda para recordar que todavía son personas. Viktor Frankl cuenta en su libro que muchos de los sobrevivientes morían justo después de perder totalmente el sentido de la vida, esa pérdida se siente en estos amigos. Transmiten, de manera desgarradora, la caída de la esperanza, el desgaste anímico que deja al descubierto lo poco que queda cuando la humanidad es aplastada por la crueldad bélica.

La cinematografía es un componente clave que potencia esta desesperanza, el uso del color es frío, casi desaturado, como si la guerra hubiera drenado la vida misma de la imagen… y también la de todos los que están ahí. La cámara en mano nos sumerge en el horror con encuadres cerrados que no dan respiro, casi siempre vemos a Paul atrapado entre el lodo, el pánico y el dolor. El temblor en las manos, el miedo puro reflejado en los ojos… todo se muestra con una crudeza que atraviesa al espectador, la cámara tiembla con ellos, como si también tuviera miedo, ¿y quién no lo tendría? La música inquietante acompaña el viaje, es repetitiva y punzante, se clava como un chirrido en el oído, como un eco infernal que nos recuerda, una y otra vez, que la guerra no se detiene, que sigue devorándolo todo, sin ningún sentido.

Creo que, a la hora de morir, arrodillado, mirando al cielo y preguntándote "¿el por qué todo esto?" lo único que queda es un miedo profundo, un miedo helado, silencioso, como el lodo que se pega al cuerpo. En ese momento, ya no hay discurso que valga, solo queda el frío, la sangre, la oscuridad, pasaron del sueño de dar sus vidas por la patria, a mirar con los ojos abiertos al horror de la realidad.

Sin novedad en el frente tiene una carga antibélica potente, al condenar la gestión de los altos mandos alemanes, es terrible es ver cómo, incluso frente a la inminente rendición, se decide alargar el conflicto solo por orgullo, la última secuencia de la película es horrida, y me generó una profunda impotencia. Tal vez los monstruos más peligrosos no son los soldados que se matan entre sí, cargando con una mezcla de odio y culpa por lo que hacen. Son los políticos, cómodamente sentados detrás de escritorios lujosos, decidiendo el destino de miles mientras disfrutan de copiosas comidas y toman decisiones, contaminadas de intereses personales, que son frías, absurdas, y llevan a la muerte a un centenar de jóvenes que ni siquiera entienden del todo por qué están allí. Mientras los soldados mueren de hambre en las trincheras, parece que el único argumento real para seguir la guerra es la cantidad de hombres que ya murieron… y los que todavía quedan por sacrificar.

La subtrama de Erzberger, honestamente, da para otra película, el único político que parece tener cordura y corazón e intenta frenar el desastre desde adentro. Un hombre que fue cuestionado, perseguido y finalmente asesinado por su humanidad, por intentar buscar la paz. Erzberger lucha desde la razón y la moral en un entorno donde ambos valores parecen extinguidos, y su figura encarna la última esperanza de sensatez frente a una maquinaria que ya no sabe cómo detenerse.

Yo, personalmente, nunca me voy a cansar de saber más sobre esta oscura época, todavía tenemos mucho que aprender. Por eso las películas, documentales e historias sobre esos tiempos no deben perderse jamás, nunca debemos dejar de contar estas historias, por más duras que sean. No debemos olvidar lo que sucedió, ni lo que somos capaces de hacernos entre nosotros, se lo debemos a quienes murieron en el fango, a las familias que perdieron sus hogares, a quienes sufrieron en los campos. A los que sobrevivieron y todavía pueden ponerle palabras al infierno, preguntándose muchas veces; "¿por qué yo sigo acá y mi camarada o mi familia no?" tenemos que seguir contando esas historias, recordándolas cada tanto, como una señal de advertencia.

Tal vez, si no olvidamos y nunca enterramos estos sucesos, alguna vez el mundo cambie, tal vez, un día, el ciclo se rompa. Pero ahora mismo, mientras escribo esto, se están librando más de 50 guerras en el mundo, y solo unas pocas consiguen un titular en los tabloides cada semana.