Frances Ha
Por tantos momentos me vi reflejada en Frances, la sensación de no tener un talento especial en ninguna actividad o de no ser realmente buena en algo que te apasiona me invadió incontables veces a lo largo de mi vida. En esos momentos, y en muchos otros, creo que la amistad puede ser una hermosa salvación, especialmente ante la necesidad de encontrar un lugar cómodo donde simplemente puedas ser vos misma, sin juicios ni enrosques, solo vos y tu amiga, como si por un instante el mundo fuera un lugar menos hostil. A veces parece que podés hablar con ella por telepatía, cuando te mirás con tu amiga y, sin necesidad de decir una palabra, ambas entienden todo. Parece que en serio existe otra versión de vos misma, solo que con otro color de cabello. Encontrar eso es oro en estado líquido.
Frances no encaja en los moldes clásicos de la adultez: no tiene estabilidad laboral, ni pareja, ni un rumbo claro. Está atrapada en una especie de “entremedio”, ese limbo donde pareciera que todo está estancado y, sin embargo, todo está cambiando. Y en medio de ese caos, lo que la sostiene es su amistad con Sophie.
En su vínculo con Sophie, Frances encuentra un refugio, un espacio donde puede soñar en voz alta, debatir sinceramente sobre la vida y probar caminos diferentes sin miedo a equivocarse. Me imagino el pavor que debe dar cuando la única persona con la que podés ser vos misma empieza a alejarse, sobre todo cuando esa amistad viene de la época del colegio o la universidad. Ese tipo de hilo invisible que te conecta con tiempos en los que la vida parecía ir más lento. Encontrar a alguien con quien realmente puedas bajar los muros y ser sin restricciones es complicado. Así como el amor verdadero, la amistad verdadera también es difícil de encontrar. Por eso da tanto miedo perderla, especialmente cuando sos de esas personas a las que les cuesta confiar o hacer amigos. Si llegás a encontrar aunque sea una amistad que sea real, ya es un tesoro inigualable.
Para mí, ocurre una especie de magia cuando conectamos con alguien de forma tan profunda que parece que el tiempo se dobla, el espacio se esfuma, y lo único que queda es esa relación, viva y duradera. Sophie y Frances se encuentran y se pierden muchas veces a lo largo de la película, y eso también es parte de la vida. Cambiamos, crecemos, maduramos, pero cuando logran reencontrarse, parece que el tiempo nunca hubiera pasado.
Al final de la cinta, te queda la sospecha de que Frances ya encontró ese amor del que tanto hablaba en el monólogo más significativo de la película, y que, de alguna manera, justifica toda la existencia de la propia película. A veces el amor aparece en formas que no tienen nombre, pero que te salvan igual. A veces el amor aparece en una amiga que te sostiene el cabello mientras vomitás en un antro, o en la que sabe dónde escondés tus pastillas y que no soportás usar calcetines en la cama. A veces aparece en esa amiga que genuinamente quiere verte feliz.
Frances Ha es una historia sobre crecer, tropezar, perder y sostenerse en el otro, sobre aprender a estar sola sin sentirse vacía, y sobre encontrar, aunque sea por un momento, esa conexión que te hace sentir menos sola en el mundo. La película me hizo pensar en lo difícil que es encontrar amistades profundas, y en lo fácil que es sentirse en casa cuando las encontrás, porque se vuelve tu espacio seguro.